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TANITA DE LA PROA


TANITA DE LA PROA

José Gobello, Conversando tangos. 
Buenos Aires: A. Peña Lillo Editor, 1976.

En 1931, el escritor italiano Arnaldo Fraccaroli publicó en Milán un libro 
sobre Buenos Aires (1). Ya había escrito sobre Nueva York, sobre París, sobre la 
India y sobre el Ceilán. En el libro dedicado a nuestra capital Fraccaroli se 
ocupa del tango. Se ocupa de oído, pero no porque hubiera oído muchos tangos; 
simplemente se ocupa de lo que le contaron. De todos modos, alguna comprobación 
hace Fraccaroli por cuenta propia. Dice: .Altri popolari compositori di tango 
che lanciano continuamente .novitá. sono Edgardo Donato, Enrique Discépolo, 
Agustín Bardi, Enrique Delfino, Francisco Canaro, Pedro Maffia, Julio De Caro. 
Vedete nell.elenco quanti nomi italiani. (2).

Los músicos mencionados por Fraccaroli eran hijos da italianos; pero otros 
habían nacido en Italia, como Antonio Scatasso, Salvador Grupillo, Salvador 
Meneo, Julio Caldarella, Antonino Cipolla, Cayetano Puglisi. Estos italianos y 
los que los precedieron allá por las décadas de 1880 y 1890 fueron, sin ninguna 
duda, los que aportaron al tango el ingrediente de la melancolía, del mismo modo 
que fueron, al parecer, los franceses, quienes lo condimentaron, en París, con 
el ingrediente de la sensualidad. Pero quiero ir a otra cosa; quiero ir a la 
presencia del italiano en las letras del tango. Esa presencia no es, al 
parecer, numerosa. Ni tampoco muy airosa. La literatura de compadritos está 
tachonada de frases despectivas para el italiano, para el tano (3). El tano 
entra en el lenguaje del compadrito para formar modismos y proverbios 
peyorativos: agarrar de un lao a otro como gringo que anda en pelo, tener más 
maña que gringo verdulero, ser suertudo como gringo, parecer caballo de 
gringo... Todo eso es puro resentimiento. En las letras de tango .creo. el 
sentimiento es otro: no hay resentimiento, sino compasión. El compadrito, 
siempre de la cuarta al pértigo, estrilaba al comprobar la prosperidad del 
inmigrante. Y los hijos de los inmigrantes suelen mirar a sus padres desde su 
superioridad de nativos. Acompadrados ellos mismos, la prosperidad del 
inmigrante no les produce admiración, ni mucho menos emulación; pero tampoco 
resentimiento, porque ellos son los beneficiarios. Les produce lástima. Y esa 
lástima es la que se advierte, por ejemplo, en Giuseppe el zapatero, del 
bandoneonista Guillermo del Ciancio, que obtuvo mención especial en el concurso 
Max Glücksmann de 1930 y, sobre todo, en un estupendo tango inédito de Sebastián 
Piana, con letra del cantor Francisco Amor. Ese tango se titula Mi viejo gringo 
y ningún intérprete, que yo sepa, se ha preocupado por cantarlo: 

Mi viejo gringo,
que pa poder ahorrarse unas chirolas
zapaba aquel cuadrito de escarolas 
en las horas pacientes del domingo.

No siempre, por supuesto, se da esa ternura. A veces vuelve el desprecio 
resentido del compadrito. En Padrino pelao hay un tano cabrero que habla en 
cocoliche, y en Oro muerto .lo mejor que escribió Julio Navarrine. hay un gringo 
curda que maldice al Redentor. Otras veces, lo que muestra el tango es el gringo 
melancólico, que añora su tierra lejana, como en La violeta de Nicolás Olivari 
.uno de los mayores poetas de Buenos Aires. y en Domani, de Cátulo Castillo y 
Carlos Viván.

El 8 de abril de 1927 el uruguayo Vicente Martínez Cuitiño estrenó, en el 
teatro Nacional, su obra La proa (4). Allí Libertad Lamarque cantó Tanita de la 
proa, un tango con letra del mismo Martínez Cuitiño y música del italiano 
Salvador Merico. Era costumbre establecida que saineteros y comediógrafos 
incluyeran un tango en sus piezas y Martínez Cuitiño, aunque se había doctorado 
en Ginebra y lucía la respetabilidad que dos años antes le había conferido su 
obra El malón blanco, premiada por la Municipalidad de Buenos Aires, acató la 
costumbre y escribió una letra que, seguramente, no aumentó su fama. Es una 
letra llena de moralina o, a lo mejor, de espíritu clasista. El autor aconseja 
a la protagonista que no se deje llevar por las ilusiones y que se busque un 
marido tan pobre como ella, y la exhorta a cuidarse de los criollos, a quienes 
no se domina con paradas.

La letra de Tanita de la proa es escasamente valiosa y ya está olvidada, pero 
la señalo porque refleja el recelo, la desconfianza recíproca de criollos e 
inmigrantes y expresa resentimientos que cualquiera que sepa mirar verá que no 
han desaparecido todavía. Porque eso del crisol de razas es cuento. Algún día 
.supongo., las razas terminarán por fundirse también aquí pero la fusión no ha 
concluido. Todavía hay ghetos espirituales construidos por el resentimiento, 
como hay barreras ideológicas levantadas por el fanatismo y la pequeñez de 
espíritu.

1. Arnaldo Fraccaroli, Buenos Aires. Milano, 1931.

2. Pág. 115.

3. Es bien conocido el antecedente de ese menosprecio que registró
José Hernández en el quinto canto de El gaucho Martín Fierro (1872)
.Yo no sé por qué el Gobierno / Nos manda aquí a la frontera /
Gringada que ni siquiera / Se sabe atracar a un pingo., etc.

4. Me informa el investigador Jacobo A. de Diego que esta pieza de
Martínez Cuitiño no ha sido editada.

Colaboración enviada por: Eduardo Serrano Orejuela
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